La filosofía y la pregunta por el ser
Nuestro mundo, nuestra vida por tanto, es una realidad forjada por la inmensa y compleja trama de realidades que hemos llamado experiencia humana: el cuerpo, el lenguaje, los sentimientos y emociones, nuestras ilusiones, temores y esperanzas. A este mundo pertenece también nuestra experiencia de los demás, de la sociedad, de la historia y la cultura. En fin, todo un ámbito de confines heterogéneos que, sin embargo, se unifican en su común pertenencia: son «nuestro mundo». Y, como nosotros, cada hombre tiene «su mundo».
Si la filosofía es reflexión sobre la experiencia humana, podríamos ya concluir que este propósito debe llevarse a cabo a partir de las exigencias del propio ser humano. Debiera preguntar, por tanto, por el sentido de las cosas en cuanto «realidades para el hombre» -ser racional o razonable y libre-. Desde este punto de vista, la pregunta fundamental de la filosofía debiera ser: “¿qué sentido tiene para el hombre esta realidad (cosa, sentimiento, acontecimiento, persona, etc.)?”.
A pesar de la simplificación de la pregunta, la respuesta no resultaría fácil porque el hombre no existe. Existen los hombres. Y si bien es cierto que el hombre puede ser racional o razonable y libre, los hombres no son racionales en muchas ocasiones, ni libres. O entienden, como todos los días debemos reconocer, la racionalidad y la libertad de maneras antitéticas. Chocan las de unos con las de otros. Por eso nada fácil tarea se le asignaría a la filosofía.
Fundar todo el sentido del mundo y de las cosas sobre el del hombre y, por tanto, también el de éste sobre sí mismo, conduciría a un humanismo tan desprovisto de referencias (fundamentos o fines) que desembocaría en un anti humanismo. La unidad del hombre y su fortaleza se evidencian a cada paso imposible. ¿No es acaso el hombre, mejor, cada hombre, más un fragmento de su propio mundo que señor de él? Con razón Heidegger y Foucault rechazan este humanismo recalcitrante que se niega a reconocer que el hombre ni es tan dueño de su mundo ni señor de sí mismo como el humanismo clásico podía habernos hecho pensar.
Sin embargo, a pesar de la dificultad, es bien cierto que la filosofía tiene en el punto de vista de la libertad y de la razón, por muy condicionadas que ellas estén, su lugar más privilegiado para reflexionar el mundo. Las filosofías a partir del siglo XIX, generalizando aquí su acuerdo, dirigen sus empeños a contestar la pregunta por el sentido a partir del hombre. También para nosotros, la filosofía debe enfrentar todas las cosas con el hombre, entendido como ser libre y, por tanto, racional. Sin embargo, este empeño no puede llevarse a cabo sin condiciones y desde narcisismo de un hombre que se autoproclama único señor.
1. La filosofía como pregunta por el ser
A pesar de su “humanización” más moderna y contemporánea, la filosofía se configuró en su historia desde un presupuesto menos humanista. Y esto porque los seres, todo lo que puede ser experimentado, está dotado de una entidad o realidad que tiene sentido precisamente por ser algo real, independiente del hombre. Que sea el hombre quien «descubre» lo real a partir de su experiencia no quiere decir que las cosas no tengan sentido por sí mismas. Este convencimiento impregnó la reflexión filosófica griega y, como su consecuencia, la filosofía occidental que -a pesar de su moderno giro antropológico- no abandona su orientación fundamental: preguntarse por el sentido de las cosas, de los seres, teniendo en cuenta que éstos, antes que objetos para el hombre, son algo con realidad y sentido independientes de él.
Es esta orientación la que configuró a la filosofía como ontología, concepto que significa discurso sobre el ser. Con más propiedad, discurso sobre lo que es existente de manera real, que podemos llamar con más exactitud «ente». Entes, por tanto, son las cosas todas que tienen existencia concreta. Lingüísticamente, «ente» -lo que es, lo que está siendo- es la substantivación traducida de ens, participio presente del infinitivo latino esse.
• La diferencia ontológica
La distinción entre el participio «ente» y el infinitivo «ser» introduce un problema no pequeño en la reflexión filosófica.
La distinción «ser-ente» -llamada «diferencia ontológica»- es reavivada con fuerza por Heidegger, quien la convierte en el eje fundamental de su filosofía. No es, sin embargo, nueva. Ella subyace a la filosofía presocrática y se tipifica perfectamente desde Aristóteles como una constante en la filosofía heredera de Grecia.
A la distinción ontológica podemos aproximar a través de los diversos usos lingüísticos del verbo ser. Espontáneamente afirmamos que «un pájaro es» «un pensamiento es»; y también «un pájaro es verde» y «un pensamiento es coherente». En el primer caso estamos tomando el «es» para atribuir la existencia real a un sujeto. En el segundo, el «es» sirve de cópula para asignarle una cualidad. Pero en ambos casos, el verbo ser -«es»- designa como existentes, esto es, como «entes» a los sujetos de la proposición. Y así sucede con todas las apariciones lingüísticas del verbo ser. Por eso podemos decir que todo sujeto de una proposición con el verbo «ser» es «ente».
Esto supone que «ser» es más genérico o fundamental que «ente», puesto que éste, el ente, es reconocido como tal a través de la atribución que proviene del ser. El ente es en virtud de la eficacia del ser. El ser, en consecuencia, es la condición para que los entes sean. El ente, por tanto, es una manera específica de hacerse realmente existente o de manifestarse el ser. En fin, los entes son modos concretos de ser: «tienen ser», pero «no son el ser».
Lo compartido como común por los «entes» es el «ser». La dificultad estriba en saber, no que los entes comparten el ser, sino en qué consiste ese ser compartido. Todo ente «es», pero ¿qué es lo que autoriza a usar el «es» como elemento común compartido por todos los entes?
1.1. Sin sentido de la pregunta por el ser
A la pregunta que acabamos de formular, las filosofías más antimetafísicas contestarán que no hay nada común, puesto que cada ente debe interpretarse por lo que es en virtud de sí mismo. No tiene por tanto sentido preguntarse por lo que no existe. Lo único que comparten los entes es que existen, pero cada uno existe individualmente, y la existencia de uno nada tiene que ver con la de otro.
Los empirismos, existencialismos y positivismos, en general, rechazan el concepto de ser como elemento «común» de los entes porque lo consideran sin sentido. En el empirismo clásico, como el de Hume, tal convicción se deduce de la aceptación de la experiencia sensible como la única fuente de conocimiento válido. Ello conduce a que el «ser» como común a los entes no es justificado por las impresiones sensibles. En nuestros días, la llamada filosofía analítica insistirá en el «sin sentido» de la noción de «ser», ya que es una palabra que no tiene referencia real alguna. El existencialismo, a su vez, afirmará que sólo el ser del hombre puede ser llamado «ser», pero él consiste en la individual y personal tarea de encargarse cada uno de su propia existencia.
Con otros puntos de vista, no son tampoco filosofías del ser los estructuralismos contemporáneos y filosofías como las de Foucault o Derrida. Muy particularmente J. Derrida empeña su obra en la superación de lo que él llama el logocentrismo o primacía que al ser se concedió en la filosofía occidental como origen y fundamento del sentido. Debido a ello, la ontología exige su superación por una labor de deconstrucción que tiene por objeto hacer ver cómo todo sentido se deriva de la relación: de lo uno con lo otro, del significante con el significado, de lo visible con lo invisible, de lo alto con lo bajo, etc. El ser, pues, no existe, sino que cada entidad es el resultado de las huellas que se derivan de las relaciones entre realidades diferentes. Lo verdaderamente real es, en consecuencia, la diferencia.
1.2. Sentidos de la pregunta por el ser
Las filosofías más estrictamente ontológicas, sin embargo, como fue la griega y la occidental en general, entendieron que la predicación del «ser» como atributo común de los entes sugiere un problema tan importante que conducirá hasta visiones de la realidad y de las cosas muy diferenciadas, incluso antitéticas. Por eso la filosofía debe preguntarse por lo que significa el «ser» de los «entes». Debe ser ontología, o sea, logos, discurso o ciencia de lo que hay, sin pasar por alto que su elemento común, el «ser», es lo más «real», puesto que se comparte o encuentra en la totalidad de los entes.
Siguiendo este punto de vista, la pregunta por lo que significa el «ser» de los entes se planteó desde dos presupuestos distintos:
- Entendiendo el «ser» corno una simple noción adecuada para la organización del pensamiento y del lenguaje.
-Afirmando que a los entes «subyace» una realidad que les confiere sentido, que con toda propiedad podemos llamar el «ser».
1.2.1 Pensamiento y lenguaje
El ser es entendido por algunas filosofías como el mejor y más fecundo asidero lógico para poder pensar todas las cosas como «algo» y al mismo tiempo como «diferentes». La filosofía debe plantearse el problema del «ser» porque, por su mediación, se puede organizar el pensamiento, el lenguaje y, por tanto, toda aproximación razonable a la realidad en su conjunto.
En primer lugar, el concepto de «ser» es algo propio de la lengua griega que no se encuentra en otras muchas. No puede, por tanto, ser considerado, según algunos, como una categoría necesaria de la realidad. Incluso aceptada esta opinión, tal concepto hace posible la comprensión articulada de la realidad por nuestro lenguaje ordinario. Este, aunque hubiera podido organizarse de otro modo, adquirió, en continuidad con el griego, una estructura sintáctica que se vértebra en torno al verbo ser, entendido como atributivo y como auxiliar de otros verbos. Particularmente en castellano, la distinción entre el atributivo ser y el estar facilita la distinción y, por tanto, la comprensión, entre lo permanente y transitorio o, si se prefiere, entre lo más o menos substancial o accidental.
Pero, más allá de su utilidad para el análisis del lenguaje usual, la noción de ser introdujo la posibilidad de comprender la realidad como totalidad, sin que por ello se difuminen o eliminen los entes singulares ni sus diferencias. El entendimiento humano no es, interpretando aquí libremente a Kant, capaz de una intuición omnicomprensiva de las cosas, sino que es un entendimiento «típico» que se ejerce y desarrolla a través de conceptos o categorías; si se prefiere, bajo la exigencia de pautas o nociones necesarias para el análisis y la síntesis. El concepto de «ser» coincide así con la exigencia misma de la razón racionante.
El «ser» es categoría de la razón por la que ésta es capaz de someter la realidad a cauces lógicos compartibles por todos los seres racionales. En este sentido, es también ley de la realidad, ya que ésta no sería más que un informe conglomerado si el entendimiento no fuese capaz de establecer distinciones, asignar significados, conferir funciones, etc. La noción de ser facilita, por tanto, el más importante de los supuestos necesarios para dominar intelectualmente la realidad: el que designa la totalidad absoluta haciendo, a su vez, comprensibles las identidades, las diferencias, las relaciones, etc., entre los seres particulares. Hace comprensible también la relación de cada uno de ellos respecto a la «totalidad de lo que es real».
De este modo, la noción de «ser» impuso una «forma de entender» las cosas que configuró la constitución de una razón cogitativa, diferenciadora, que hizo posible el pensamiento científico y la técnica. A partir de él, cada cosa adquirió, en efecto, un «lugar» -lógico v real- en el seno de la totalidad.
Aceptando que el concepto de ser es típico de la lengua griega, parece razonable la tesis que vincula como configuradores mutuos el pensamiento y el lenguaje. Nuestro lenguaje podría haber tenido otras raíces y, posiblemente, ahora interpretaríamos la razón y la realidad de manera distinta. Pero somos herederos de una tradición lingüística que pasó por el griego, y si hoy entendemos las cosas de un determinado modo es, quizá, por nuestra matriz lingüística originaria. Este presupuesto, es tesis común a partir de la filosofía postkantiana del lenguaje.
Desde este punto de vista podría preguntarse: ¿qué hemos ganado en la cultura occidental, de raíz griega, razonando a través de sus categorías, entre las que destaca la noción de «ser»? Ya se ha señalado: un modo de pensar diferenciador, identificador, organizador... Esta es la grandeza que la lengua y la filosofía griega fueron capaces de engendrar. Otros, por el contrario, entre los que se encuentra Nietzsche, tildarán todo esto de racionalismo empobrecedor. Tal valoración, como es evidente depende ya de otros puntos de vista.
El presupuesto que relaciona «ser / pensar» suscitó en la historia del pensamiento no pocos problemas. El más importante fue la posible identidad entre el pensar y el ser, que Parménides reclama como la única verdad. Mientras que para las demás filosofías presocráticas el ser es equivalente a la naturaleza en la totalidad de sus manifestaciones, o sea, como realidad opuesta al pensamiento, para Parménides el ser es coextensivo con el pensamiento. Este es siempre pensamiento del ser y se expresa por medio del ser. Y para el pensamiento, el ser aparece como único, inmóvil, eterno, aunque los sentidos nos transmitan lo contrario.
En un sentido más amplio, Hegel identificará el ser con la idea absoluta, siendo ésta la prefiguración ideal, sólo pensada y no efectivamente posible, de la realidad. Con independencia de los ejemplos de Parménides y Hegel, ¿es el pensamiento la matriz de la realidad y de las cosas? ¿Deben éstas aproximarse a una idea o ideal que la razón tiene prefigurada de ellas? Problema presente en casi todas las filosofías y, a su vez, de innegables repercusiones prácticas.
1.2.2. Aristóteles: el ser y sus significados
El problema del «ser» y de la filosofía como pregunta por su realidad y su sentido adquiere con Aristóteles una extraordinaria primacía, que ya ninguna filosofía podrá eludir, esté o no de acuerdo con el gran maestro griego. Los presupuestos aristotélicos van a ser fecundos para el saber en general, desde la teología hasta las ciencias, pasando por el arte, la moral y la política.
Frente a Parménides que, como acabamos de decir, identificaba ser y pensamiento afirmando que «ser» tenía un significado unívoco v designaba una realidad unitaria, invariable, única y universal, Aristóteles se plantea la cuestión del «ser» a partir de la afirmación siguiente:
«El ente se dice en varios sentidos, aunque en orden a una sola cosa y a cierta naturaleza única, y no equívocamente, sino como se dice también todo lo sano en orden a la sanidad: esto porque la conserva; aquello porque la produce; lo otro porque es signo de sanidad... Así también el ente se dice de varios modos, pero todo ente se dice en orden a un solo principio. Unos, en efecto, se dicen entes porque son substancias; otros, porque son afecciones de la substancia; otros, porque son camino hacia la substancia, o corrupciones o privaciones o cualidades de la substancia, o porque producen o generan la substancia o las cosas dichas en orden a la substancia, o porque son negaciones de alguna de estas cosas o de la substancia. Por eso también decimos que no-ente es no-ente»
La cita esboza todo su programa: el «ente» no es un género ni una especie universales que se aplican luego a individuos particulares. Su universalidad es distinta y más amplia, por eso podemos decir que es un concepto transgenérico y transespecífíco. Si digo, por ejemplo, «el hombre es un animal racional», el ser se aplica al animal (género), al hombre (especie) y a racional (diferencia específica). Lo que indica que no todo lo que es, todo ente, tiene ser del mismo modo.
Los diversos «modos de ser» gozan, sin embargo, de una «unidad», porque, «siendo» de diverso modo, obtienen su modo de ser de un principio único que es la substancia. De hecho, Aristóteles distingue los siguientes «modos de ser» o de darse realmente todos los entes:
-como categorías o modos supremos de ser. De ellas, la primera y principal es la substancia. Pero hay otros modos de ser necesarios, aunque pueden variar en sus concreciones. Ellos son: la cantidad, la cualidad, la relación, la acción, el padecer, el lugar, el tiempo, el haber y el hacer. También en otros pasajes. Hay por tanto tantas substancias como entes. Dada una substancia, a ella no pueden faltarle las categorías, aunque éstas pueden cambiar. Por ejemplo: hay hombres, árboles, etc. Cada uno es una substancia y en cada uno debe encontrarse cantidad, lugar, relaciones, etc., aunque puedan ser distintas sin que el hombre o el árbol... dejen de ser lo que son. La categoría no es, pues, accidental; lo accidental es el modo de concretizarse (esta cantidad, este lugar, estas relaciones, este tiempo, etc.);
- como accidente que designa lo que puede o no estar en un ente. Ejemplo: el color rojo, o blanco, o negro; medir dos o tres, estar aquí o allí, etc.;
- como actual o potencial, expresa que una substancia puede cambiar hacia estados de perfección que actualmente no posee;
- como verdadero o ser lógico: el ser verdadero es el ser de todo juicio verdadero. Se opone al no-ser-como-falso que indica el ser del juicio falso. Todo juicio falso, en efecto, es algo. Pero, por ser falso, lo que dice no existe, es -por eso- «no ser». Por tanto: todos los significados del ente, de lo que es real, suponen el ser de las categorías, ya que éstas no pueden faltar en todo ente. Pero éstas son siempre categorías de la primera de ellas, esto es, de la substancia.
a) La substancia
Las categorías, accidentes, lo actual y lo posible, la verdad o falsedad de un juicio, todo esto «es» algo porque una substancia lo soporta. No se puede, en efecto, hablar de cantidad, de color, de perfecciones o de imperfecciones... si todo esto no tiene como referente alguna substancia. Esta es, por tanto, «ente» de manera principal en cuanto que lo demás tiene entidad por su relación con ella. A su vez, es ente de manera fundamental porque funda o justifica a todo lo demás que decimos que «es»: el ser de las demás categorías, de los accidentes, de lo actual y lo posible, de la verdad y falsedad de un juicio. Por eso dirá Aristóteles que todos ellos «están suspendidos» de la substancia. De este modo, todo ente o es una substancia o algo que guarda relación con ella. La filosofía, en consecuencia, se preguntará por el ser en sus diversos significados, pero será principalmente una ciencia de la substancia.
• ¿Qué significa substancia?
La substancia es, simplificando aquí las ambigüedades aristotélicas, lo que hace que cada cosa sea lo que es en su individual modo de ser. Ello equivale a decir que la substancia es lo que a un ente no puede faltarle para seguir siendo tal ente. Es, por tanto, la estructura necesaria de cada ente en la que inhieren o se inscriben luego las diversas categorías y accidentes. Así lo expresa el sub-stat latino y el hupo-keimenon griego que, en ambos casos, designa «lo que está debajo» o subyace a todo lo demás que en cada ente puede cambiar sin dejar de ser tal ente. Ella es, por tanto, lo que permanece cuando un ser cambia. Los cambios en los entes no afectan a su substancia. Todo cambio substancial -por ejemplo el paso de la vida a la muerte- implica un cambio de ente: el cadáver es ya «otro ente» distinto del cuerpo cuando estaba dotado de vida.
Siendo substancias cada uno de los entes, en su modo de ser necesario-individual, ninguna substancia puede predicarse de otro ente que no sea ella misma. Ella es, por tanto, el sujeto de toda predicación. Por ejemplo «este hombre Juan» o «este libro Metafísica de Aristóteles» o «esta higuera». Ni «Juan», ni «este libro Metafísica de Aristóteles», ni «esta higuera» pueden predicarse de ningún otro ente que no sean ellos mismos.
b) La esencia o «substancia segunda»
La substancia, como acabamos de definirla, es llamada desde Aristóteles «substancia primera» para distinguirla de la esencia, que es denominada «substancia segunda». La esencia expresa el conjunto de notas que un ser debe de poseer para ser tal ser. Expresa, por tanto, la substancia, pero no individualizada, sino en forma de concepto universal predicable de todos los entes individuales en que se encuentren sus notas. Por eso se la llama substancia segunda. Ella, por tanto, expresa el contenido de la definición de un ente. Si preguntamos: «¿Qué es esto?», y contestamos: es «una persona» o «un libro» o «un árbol», etc. Estamos expresando esencias -persona, libro, árbol- que deben encontrarse en cada una de las substancias individuales definiendo su entidad: en Juan, en
2. La filosofía como pregunta por el ser de la substancia
La disquisición aristotélica conduce a una decisión capital en la historia de la filosofía, iniciada ya y bien planteada por el propio Aristóteles.
2.1. La filosofía como teoría de la substancia
Porque la substancia es ser de manera principal y fundamental, la filosofía debe ocuparse en primer lugar de ella como principio a partir del cual todo lo demás tiene ser y sentido. Y eso quiso hacer Aristóteles al analizar las diversas clases de substancias, lo que en ellas podemos distinguir y todo lo que de ellas pueda esperarse.
Pero la determinación de conceder primacía a la substancia o a las substancias complicó las cosas para Aristóteles y para toda la historia posterior, ya que es posible una alternativa:
- que sólo existan substancias naturales o «sensibles» (materiales, espirituales, lógicas, etc.). En este caso, ellas son el principio último de sí mismas y de todo lo que de ellas «depende»;
- que las substancias naturales no tengan su razón de ser en sí mismas, sino en otra substancia o substancias de orden todavía más fundamental, que podrían ser llamadas «supranaturales» o «suprasensibles».
2.2. La alternativa: substancia sensible y suprasensible
a) La substancia sensible
Podría suceder que no existiesen más que substancias sensibles, que hoy asimilamos a las materiales. Son todas aquellas que se derivan de las posibilidades de la propia naturaleza: desde los astros a los seres todos hasta la energía que se encuentra en el universo subatómico. Si no existiesen más que substancias «naturales», parece lógico que lo que llamamos «ser», de manera principal y fundamental, sean ellas o alguna de entre ellas (la energía, por ejemplo). Todos los demás entes, en la infinita pluralidad, de sus manifestaciones en el universo, serían «lo que son» en virtud de su relación con la que fuese «última» entre estas substancias materiales. Si esto es así, el «ser» -en su sentido más propio- es la materia, la energía, la vida o aquello por lo cual todo lo demás es ente, existe y sin lo cual no habría podido llegar a serlo.
En esta posibilidad, la filosofía, como teoría de la substancia, debe contentarse con remitir la pregunta por el ser a las ciencias de la naturaleza. El «ser», en efecto, es algo «natural». Ella, la filosofía, se reducirá a las funciones de describir lo que al hombre le pasa en la naturaleza. Y a partir de la afirmación del «ser» como «ser natural», queda determinado el sentido del mundo, de la vida personal, de la libertad, de la historia, etc.
Como es apreciable, la pregunta por el ser desborda ya, con mucho, la simple lógica o los problemas de lenguaje y compromete un modo de ver el mundo y entender las cosas que no es indiferente, ya que su consecuencia son las metafísicas materialistas, de diverso signo y, como resultado, una concepción naturalista o inmanentista de la existencia humana. Esta, en efecto, tendrá ser y sentido sólo a partir de la realidad natural a la que se haya determinado como el «ser» (materia, energía, vida, etc.).
b) La substancia suprasensible
Pudiera suceder, sin embargo, que las substancias naturales reciban su entidad, su substancia real, de otra substancia no natural, «no sensible». Que no tengan -en fin- «ser» a partir de sí mismas, sino a partir de otra substancia «supranatural». Su realidad, por tanto, no sería de manera principal y fundamental el «ser», ya que su entidad -su enteles adviene por la relación con «esa otra substancia» no natural.
El «ser» entendido como algo distinto de la naturaleza, en la tradición occidental, la filosofía lo ha asimilado primero a lo divino y luego a Dios. Ello ha dado paso a metafísicas no inmanentistas que hacen radicar todo el sentido del universo en un ser de naturaleza absolutamente distinta, esto es, trascendente a la realidad de todos y cada uno de los entes. Con ello, el sentido de toda la realidad cambia, porque ahora la totalidad de los entes y sus manifestaciones es valorada a partir de la afirmación de su fundamento y referencia que es esa realidad trascendente.
Aunque para los griegos no era concebible una interpretación de la trascendencia de lo divino como la cristiana, ya que para ellos la physis encerraba todo lo pensable como existente, sin embargo Aristóteles tuvo muy presente la posibilidad y la dificultad de la alternativa. De hecho seguimos discutiendo si su Metafísica es una antología -teoría de la substancia sensible- o una teología -teoría de la substancia última, suprasensible-. O si en ella se entrecruzan ambas líneas de pensamiento. Más allá de la discusión sobre la coherencia del contenido de
La clarividencia de Aristóteles no está en lo que pueda o no decirnos sobre lo divino o sobre Dios, sino en su formulación de la pregunta por la suficiencia o no de las substancias naturales y en la exigencia de coherencia en la respuesta. Esto fue, quizá, lo que hizo fecunda su filosofía como pregunta por los diversos significados del ente.
c) La razonable coherencia
Más allá de Aristóteles, al hombre y a los saberes científicos se ofrece la posible alternativa de que todo tenga sentido a partir de algo «natural» o a partir de algo «no natural». La filosofía no podrá sobrepasar sus límites: ni convirtiéndose en ciencia de la naturaleza ni en teología. Su función consiste en reavivar de modo permanente la pregunta y cuanto ella comporta. Al científico y al teólogo corresponden a cada uno su propio discurso; al filósofo, el sopesar reflexivamente lo que uno y otro identifican como el «ser», para ver hasta dónde su afirmación es aceptable para el hombre que, reconociéndose con una razón limitada, reclama sin embargo razonable coherencia, tanto para admitir certezas como para mantener las dudas. Incluso las filosofías más próximas a la fe no abdican del propósito de «hacer razonable» su aceptación, en virtud de los límites de la razón. Y las ciencias, por su propia naturaleza, se vetan el ir más allá de lo racionalmente justificable.
La filosofía mantiene así su propia función suscitando el margen de problematicidad que ni la teología ni la ciencia pueden colmar con absoluta racionalidad. Las filosofías todas, de santo Tomás a Zubiri, o de Marx a Sartre, confirman que la pregunta por el ser es la razonable cuestión que sigue teniendo sentido. Optar por Dios o por la naturaleza será ya una decisión «extrametafísica», esto es, «suprarracional»
Esta alternativa introdujo en la historia de la filosofía profundas diferencias en sus orientaciones ontológicas y en sus derivaciones éticas, históricas, incluso en sus interpretaciones psicológicas. Lo que, en efecto, sea afirmado como el «ser» impondrá realidad y sentido a la totalidad de los entes.
3. El ser: de la alternativa a la diversidad
Todas las filosofías reconocen, en primer lugar, la dificultad para precisar lo que el concepto de ser signifique. Pero a esta dificultad, las filosofías hacen frente proponiendo, cada una desde sus propios presupuestos, una respuesta razonable a la pregunta por aquello «sin lo que» las cosas no serían y, en consecuencia, «por lo que» son lo que son.
3.1. Indeterminación de la noción de ser
La alternativa entre la posibilidad de una concepción naturalista o supranaturalista del ser enmarca una gama incontable de modos distintos de entender o precisar lo que sea esa substancia última, sea ésta natural o supranatural. A la postre, para nuestro modo de pensar occidental y profundamente configurado por la influencia cristiana, toda esa diversidad será reductible a la alternativa aristotélica: el «ser», o es algo natural, coesencial con lo que es o ha sido la propia naturaleza, o es algo sobrenatural, independiente y superior a la naturaleza.
Entendemos aquí por naturaleza la totalidad de los entes, de todo lo que puede ser reconocido como real en la experiencia humana. Incluso la experiencia religiosa es, en este sentido, natural, como fenómeno o manifestación en la conciencia. Lo cual no quiere decir que esa experiencia no solicite, sugiera o esboce como posible una realidad «supranatural».
Pero cada uno de los dos modos se manifiesta, a su vez, a través de una profunda heterogeneidad. El ser no sólo se dice de muchas maneras al estilo aristotélico, sino que se hace sinónimo de realidades muy diferentes Y eso porque él es indiferencia-do, indeterminado, reconoce Hegel al inicio de La ciencia de la lógica:
«Ser, puro ser -sin ninguna determinación. En su inmediación indeterminada es igual sólo a sí mismo, y tampoco es desigual frente a otro; no tiene ninguna diferencia... Es la pura indeterminación y el puro vacío-. No hay nada en él que uno pueda intuir... tampoco hay nada en él que un 'pueda pensar... El ser, lo inmediato indeterminado, es en realidad la nada, ni i más ni menos que la nada»
Bien es cierto que la idea de ser como «inmediato indeterminado» con la que el espíritu se encuentra hará posible en Hegel la idea del devenir, que | conducirá a la idea del ser determinado. Este, en virtud de la reflexión sobre sí mismo, hará posible; la esencia, que es el fundamento de la existencia como unidad del ser y el aparecer, para llegar, a través del mismo movimiento dialéctico, a la idea absoluta. De este modo,
Heidegger es otro buen ejemplo de la dificultad, mejor, imposibilidad, para determinar la idea de 3 «ser». Esto no es posible porque lo que se nos presenta no son más que entes, o modos de ser específicos, concretos y existentes, en los que no aparece; aquello que los hace posibles, esto es, el «ser». Pero por eso la filosofía no puede cejar en la pretensión de responder a la pregunta por el ser que está implícita en la experiencia de que hay entes. Y Heidegger no oculta la dificultad que las filosofías han encontrado para atribuir una identidad precisa a lo que sea el «ser». Por eso dirá, adelantando sus convicciones finales:
«¿De qué estamos hablando al emplear ahora estos vocablos? Los empleamos como si jugáramos con una matraca. Ente y ser casi no son más que vacuos sonidos fonéticos... Por una parte, las palabras ente y ser no dicen nada palpable. Por otra, son los títulos más sublimes de la filosofía. Pero al mismo tiempo estos títulos donde se los nombra en lugar destacado aparecen como cuerpos extraños dentro del lenguaje» (M. Heidegger, La pregunta por la cosa, Sur, Buenos Aires 1964, 209).
Y como Hegel y Heidegger, cada filosofía fue un esfuerzo en el empeño por determinar ese «indeterminado»: el «ser». La historia de la filosofía es fruto, quizá, de ese esfuerzo. Antes que crítica del conocimiento o pregunta por el sentido del mundo, de la vida, de la libertad, de la sociedad o de la existencia... las filosofías, de la más espiritualista a la más materialista, pagan su tributo preguntando y arriesgando una respuesta sobre eso que -natural o su-pranatural- «no puede faltar» para que las cosas, los entes, sean lo que son y como son.
3.2. La diversidad de las nociones de ser
Cada filosofía, sin excepción, se organiza desde una noción de «ser» que luego estructura todas sus restantes convicciones éticas, políticas, sociales, gnoseológicas, etc. Las grandes diferencias entre las filosofías radican precisamente en su distinta noción de lo que entienden por el «ser». Por ello, filosofías que pueden «aproximarse» en virtud de los Conceptos operativos, como son la de Aristóteles y te de santo Tomás, son, en su misma raíz, muy divergentes porque las realidades que una y otra invocan como el «ser» no son ni lógica ni realmente compatibles.
No es posible comprender filosofía alguna si no se pone en claro lo que en ella, nombrado con ese o Con cualquier otro nombre, se está entendiendo por «ser». Este es el principio de comprensión de cada una. Y la historia de la filosofía ha sido una ininterrumpida pregunta por el ser, incluso en las filosofías que se proponen prescindir de tal concepto. Así lo vamos a ver en algunas de las más significativas.
-Los filósofos presocráticos inauguran el rumbo que ha de tomar la filosofía occidental al hacer de su investigación, como más adelante reconoce Aristóteles, una indagación «sobre el logos». Y el logos es aquello que da realidad y sentido: que «hace ser» y otorga, a la aparente multiplicidad de las cosas, la ley que somete lo dispar y heterogéneo al orden y a la razón. En su formulación más elemental, el logos es asimilado con una realidad, sea física (aire, agua, las partículas elementales átomos u homeomerías-, etc.), sea espiritualmente indeterminada, pero con «poderes» que desbordan a los de esos elementos. Eso es así porque lo que los presocráticos pretenden no es descubrir de qué están hechas las cosas, sino quién es el responsable de su entidad. El logos es, pues, lo que desde Aristóteles llamaremos el «ser», a partir del cual todo lo demás tiene ente y sentido.
- Platón hace radicar «la verdad y la esencia» de las cosas en la idea, particularmente en la idea de bien (
Como es claro, Platón no entiende aquí que las ideas actúen como artífices o dioses que «configuren» a las cosas en su ser físico. Para esta explicación nos cuenta el bellísimo mito del demiurgo, relatado en el Timeo. Pero Platón introduce un concepto que tiene en cuenta la interpretación de las cosas, como realidades “para el hombre”. Y, para el hombre, las cosas tienen un ser que va más allá del físico: puede decirse de ellas la verdad o la falsedad, tienen valor moral, estético, social, etc. Pero la verdad, la falsedad y todos los demás valores tienen sentido sólo si el hombre se deja guiar por el bien.

carlos ochoa dijo
!hola!,a que parte o que ser se, trata la lectura...por fa...soy un primiparo en filosofia...
25 Marzo 2010 | 04:23 AM